¿Primero en qué?

¿Qué pasa cuando ser primeros importa más que preguntarnos hacia dónde vamos? Juan Santiago parte de Byung-Chul Han para cuestionar la obsesión por la velocidad, la carrera hacia la superinteligencia y el costo humano de avanzar sin criterio.
Quisiera comenzar diciendo que si fuera ministro de educación de cualquier país del mundo, Vida Contemplativa de Byung-Chul Han debería ser exactamente el tipo de literatura que más estimularía en la sociedad.
El libro es demasiado corto para tanta enseñanza. Desde que me subí al avión ya lo leí dos veces y creo haber capturado varios elefantes que se me escaparon en la primera lectura.
La claridad con la que uno llega a ver el origen de los problemas te lleva puesto.

Nadie escucha. Todos nos producimos a nosotros mismos. Cuando algo se pausa, subimos el volumen para no escuchar lo que no queremos escuchar. La tecnología es la herramienta perfecta para fomentar el hábito de la inmediatez. Queremos pan de masa madre pero no queremos esperar que leude. Vamos a un estrella Michelin y nos comemos la panera.
La política y el capitalismo lograron que el significado de la palabra "desarrollo" solo esté asociada a lo material. Transformar lo humano en materia fue el objetivo, y la tecnología su mejor aliada. Perdimos el telescopio. Lo que queda es el microscopio: ahora, ya, rápido y ansioso, mostrame la oportunidad. El futuro, es problema de los que vienen atrás.
Y entonces ayer llega esto: Trump anuncia la "Fuerza de la Superinteligencia". Lo que hasta ahora se llamaba IA se rebautiza como Superinteligencia. Clayton, el responsable de producir durante los próximos 120 días un informe sobre los riesgos y oportunidades de la tecnología, amplifica en los medios su principal preocupación: "El riesgo de no ser primeros es alto", en referencia a la competencia con potencias rivales. "No ser primeros aumenta los riesgos identificados y no identificados, particularmente los que provienen de nuestros adversarios."
Me dan ganas de llorar. Lo importante es ser los primeros. ¿De qué? No importa. Las consecuencias, tampoco.
Seis niños malcriados con infinito dinero desarrollaron una tecnología que no podían controlar. Algunos de sus mejores colaboradores se bajaron porque no podían poner la cabeza en la almohada. Eso los obligó a decir la verdad en voz alta. El mundo no tiene otra opción que escuchar lo que no quiere.
Entonces levantan el teléfono y llaman al jefe de los más malcriados, con infinito dinero e infinito poder: "Che, necesitamos que te pongas firme porque vamos a terminar perdiendo un billete importante." El jefe convoca una reunión. "Chicos, escuchen, todo bien con este golpe de conciencia, pero acá hay que avanzar. ¿Me siguen?" Y les hace una propuesta al mejor estilo Al Pacino en El Padrino I. Los chicos firman. Se avanza.
Han cita a Zhuangzi: "Si se planta un árbol cuidadosamente y se le permite seguir su forma natural desde el comienzo, no hay necesidad de poda ni tratamiento de ningún tipo." La ética de la inactividad consiste en hacer uso de lo posible en lugar de imponer lo imposible. Como esta gente no asistió a esa clase porque estaban jugando ball en las playas de Southern Cali, decidieron que el mundo iba a ir por otro lado. Et voilà.
Esa decisión caprichosa, tan característica de la fiebre de poder de unos pocos, está forzando a las empresas a dejar gente en la calle, buscando eficiencias que no son necesarias pero sí impuestas. Bueno, no te gustan los absolutismos, te la doy: NO todos, pero sí la mayoría éramos mucho más felices.
Pasame más salsa.
Juanca Santiago
#KillThisAI
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