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¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?

Este relato folclórico tiene un solo fin: atrapar al interlocutor en una calesita retórica que no conduce a nada.

Washington lleva treinta y dos meses jugando a eso. Biden firmó una orden ejecutiva para una IA "segura". Trump la derogó para "eliminar barreras". Meses después, emitió otra para "asegurar un marco uniforme" y, recientemente, una cuarta para "promover la innovación". Cuatro giros políticos para disfrazar un bucle que se cuenta solo.

El cambio de fondo es geopolítico: el mapa digital se está desglobalizando. La fragmentación en bloques demuestra que la carrera actual no busca desregular, sino consolidar a los pocos nodos tecnológicos que le escribirán las reglas al resto.

Argentina entró de lleno en la disputa. Javier Milei propuso en el Financial Times flexibilizar al extremo corporaciones automatizadas sin humanos, comparándolo con la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. La réplica de Yuval Noah Harari fue letal: 

esa empresa no solo fundó el esplendor de Ámsterdam; también erigió Batavia, la colonia que sometió a regiones enteras sin rendir cuentas a nadie. Dos lecturas para una misma arquitectura corporativa.

Mientras tanto, en las empresas ocurre un proceso silencioso. Satya Nadella blanqueó en Silicon Valley la tesis que sostengo en Embracing Uncertainty: la IA puede vaciar a una organización de su know-how, tal como la primera globalización vació de fábricas a medio mundo.

La mecánica es brutal. Si entregás tus procesos y el juicio de tus equipos a una caja negra externa, ese conocimiento deja de ser propio. La ventaja exclusiva se vuelve un commodity estándar para tu competencia. Los balances trimestrales se verán impecables, pero tu token capital y tu propiedad intelectual se habrán esfumado. Lo advierte el CEO de la empresa que más infraestructura de IA vende en el planeta; que tenga razón no cancela quién comercializa el remedio.

Impulsar el desarrollo no debe confundirse con delegar instancias clave de nuestra convivencia. El Papa León XIV lo dejó claro en la encíclica Magnifica Humanitas (mayo de 2026): a los sistemas artificiales les falta compasión y tienden a amplificar el dominio de quien ya detenta el poder, a menos que ejecutemos un desarme ético de la tecnología.

Aquí radica el punto ciego de los directorios: la licencia social. El petróleo o el tabaco demostraron que ninguna industria sobrevive sin el permiso tácito de la sociedad. La IA cuenta con regulaciones expansivas —del AI Act europeo a las normativas de EE.UU.— pero carece de licencia social. Y no dispone de treinta años para conseguirla.

Hace unas semanas planteé que cada líder se enfrentaría a la opción de construir una Torre de Babel o un puente. Esto trasciende la arquitectura interna; habla de un escenario global donde unos pocos deciden por todos y de un poder diseñado para fagocitar a las organizaciones al mismo tiempo que ellas le pagan por hacerlo.

En este nuevo tablero, ningún CEO va a sobrevivir intentando salvarse solo. Los logros individuales que no están al servicio de la humanidad no construyen un legado; son apenas riqueza transitoria. El Edelman Trust Barometer confirma que 3 de cada 4 personas en América Latina ya operan bajo una mentalidad insular. Romper ese aislamiento es nuestra primera responsabilidad. El verdadero liderazgo radica en cambiar el paradigma.

¿Sigo con el cuento, o lo cortamos acá, mientras todavía podemos elegir cómo termina? Los leo en los comentarios.

Con cariño humano, Juanca

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